Posteado por: Guayaramerin | julio 24, 2007

Guayaramerin: La novia del gran Mamoré

“Guayará sos la estrella del Norte, sos la novia del Gran Mamoré, Su pudiera decirte en mis versos, lo que dice el agua del gran manantial… despertarán cachuelas dormidas, con voces de espuma y timbres de cristal” Fragmento de la canción: “La estrella del Norte”

Esta ciudad vive pujante al lado de un majestuoso río, donde las palabras: profundo, ancho, indomable…cobr
an sentido, no obstante, otras palabras más suaves, acarician al oído e invitan a disfrutar de la brisa a sus orillas: viento, frescura, armonizado con uno de los cuadros más bellos de la Amazonia Boliviana. Pero yo no les quiero contar más, porque, mis limitadas palabras, son solo eso, y no se comparan con estar allí, en el mismo lugar. Lugar que guarda mi nostalgia, la tierra donde tuve la dicha de nacer, y conocer, lo que significa naturaleza, paisaje, selva virgen, aire puro…Les invito a recorrer por las aguas de letras, una interesante lectura que encontré acerca de este mi río, el gran Mamoré:

Mística, leyendas y rutinas de la “madre de todas las aguas”
Por Álex Ayala para la Revista Escape.

Sinfín de historias se agolpan alrededor de uno de los pocos cauces navegables de Bolivia. Se habla desde una serpiente enorme hasta de una civilización perdida. En mis sueños hay siempre un río que está despierto. Su nombre es el Mamoré, eje de las rutinas y las historias de parajes como Trinidad y los llanos de Moxos. De aguas del color del chocolate, su cuenca cubre una superficie de 222.000 kilómetros cuadrados, por donde los barcos suben y bajan cargados de garrafas de gas, frutas, ganado y encomiendas de toda clase. También de leyendas, porque el Mamoré es un río místico, literario, como lo son el Congo y el Amazonas, en el que todo tiene un sabor a viejo, y un olor fuerte a vidas y muertes.
Mi travesía comienza en Puerto los Puentes, un lugar en el que la jornada transcurre entre tablones de madera, donde los barcos son las casas y las casas son los barcos; donde se lava la ropa en el mismo río, desde una canoa; donde en las embarcaciones —casi todas con la forma de gran pontón cuadrado— se cocina sólo a leña; donde los niños crecen junto a los relatos de las aguas, pues cuando su “hogar” se llena con mercadería, la navegación inicia ya su curso. Un barco de época, con el estilo de los vapores que antaño cruzaron el río en los tiempos del auge de la goma, es mi cobijo.
Fiel inquilino del Mamoré, lleva escrito en su cuerpo de metal y madera una parte del alma del río. Su nombre es Reina de Enín, en honor a una civilización antigua que pobló estas mismas pampas, selvas y lagunas, y bajo su coraza arrastra la esencia de los seres del río, tanto de los conocidos como de los extraños, fantásticos o mitológicos.

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